Uruguay no castiga el talento. Lo educa para que no incomode. Desde la infancia aprendemos una lección silenciosa pero persistente: no sobresalir demasiado, no desear demasiado, no pensar demasiado lejos. No por censura, sino por cultura. Se forman mentes oblicuas, funcionales, correctas. No personas creativas. No inconformes. El fuego se apaga temprano, con buenos modales.
El país que funciona pero no arde. Uruguay tiene talento. Muchísimo más del que se ve. El problema es que está adormecido. Y no es casualidad que algunos de nuestros mayores «eslóganes» no sean aspiracionales, sino estadísticas: suicidio, consumo de psicofármacos, depresión, ansiedad. No como excepción, sino como paisaje. Algo ahí está diciendo que el problema no es económico ni... [Content Truncated]